Caer en el miedo

Supongo que mis vecinos piensan que no les hablo porque soy grosero.

Supongo que no aprecian la distancia que creo entre mí y cualquiera que no se parezca a mí. Pero creo que solo reflejo aquello que ellos ya sienten. 

Yo también, como ellos, me he rendido al miedo.

Sentir que soy el centro de atención haga lo haga, vaya donde vaya, no me hace sentir bien. Preferiría poder pasar desapercibido. El pensamiento dividido, por un lado queriendo creer que no soy juzgado, pero por otro sabiendo que quizás si esté en lo cierto.

La sonrisa que una vez tuve como ritual antes de conocer gente nueva ahora está raída y es mucho menos convincente. Si siempre voy a tener miedo de lo que piensan de mí, prefiero guardármelo.

Tengo miedo de lo que dicen de mí, de cómo se sienten conmigo viviendo cerca. Me preocupa lo que planeen hacer al respecto. 

Verlos a todos unidos en sus grupos hace que sea demasiado obvio que el hombre negro no es bienvenido. No creo que sean malas personas. El miedo es el culpable.

El miedo nos limita y nos separa, manteniéndonos alejados de lo que está más allá de nuestros mayores desafíos y entre nosotros. El miedo nos engaña con la justificación de la precaución. Evitamos los actos valerosos.

Juzgamos a los demás. Porque lo que creemos es nuestro propio bien. Vivimos con miedo, protegiéndonos con él en lugar de superarlo.

Decimos que otros roban, mienten, engañan y generalmente son malvados porque no nos tomamos el tiempo para conectar con ellos. Dejamos que el miedo gane.

El miedo comienza en el individuo pero termina dando forma a la sociedad.

Hay tantos de ellos, estos miedos nos limitan.

El miedo nos lleva a querer mantener las cosas igual, a repeler cambios o ajustes, pero la vida es eso, cambio y ajustes, no es una línea estática y recta. Nos presenta oportunidades para enriquecernos.

Donde vivo, la mezcla de cultura, por alguna razón, no se ve como la adición de nuevas tradiciones sino la sustracción de las antiguas.

Las personas mayores parecen mostrar la magnitud de su debilidad en lo poco que desafían el miedo. 

Me imagino que el miedo proviene de enamorarse del hogar durante tanto tiempo solo para despertarse un día y ver qué ha cambiado.

Los ojos de los viejos son condenatorios. Como si mantener las cosas igual es un último deseo antes de morir. Quizás sea el último deseo (del miedo).

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